BENIGNO: Capítulo I

Soy Benigno, hoy, como cada 5 de agosto, vuelo sobre la catedral y veo esas horrorosas púas de metal que pusieron para que no manchemos el símbolo eterno de Ambato, hoy, hace ya un cuarto de siglo, mis viejos decidieron bautizarme en honor a “Los 3 Juanes”, pero les pareció que Juan era un nombre tan berreado, y León, no iba con mi personalidad, así que me pusieron Benigno. 25 años después he comprendido, que no hay mejor nombre para un ambateño que oculta su ansiedad con Switch cada viernes en las veredas de Ficoa.

Despertarse no es lo mismo que levantarse, odio levantarme tan temprano y ver cómo la periodiquera con un eterno aliento a guanchaca, lleva arrastrando a su hijo menor, que medio dormido y mal peinado, va dando tumbos por no ir a la escuela; Lo único bueno de madrugar es cuando viene Hermelinda. Desde que mis viejos decidieron jubilarse y migrar al techo del mercado de los llapingachos, ella es la madre que siempre quise tener, apenas llega, ni arma su puesto de horchatas, abre la misma funda de plástico del AKI, con un pan de Pinllo hecho migajas, que nos lanza a los que volamos desde los techos de la Casa del Portal tan temprano por la mañana.

¡Ay, ojalá y Hermelinda viniera también los domingos!

Dicen que la vida recién empieza después de comer, y es verdad, yo no sé si Hermelinda le pone algo más a ese pan, pero definitivamente hay un Benigno antes de comer y una mejor versión después, me convierte en alguien que me permite creer en esos chapas municipales que están abriendo las puertas del parque, son como carceleros de una jaula sin techo, a la que cada mañana decidimos entrar voluntariamente para el gusto y disgusto de un poco de desocupados.

Antes de volar a mi lugar favorito, me gusta esperar a que llegue don Serafín, desde que era un pichón de pocas plumas pero grandes aspiraciones, lo recuerdo empujando su cajón gigante de lustrabotas, yo lo escucho llegar cuando sus ruedas hechas de antiguos rulimanes chillan junto a los adoquines que nos cambiaron por las antiguas piedras de pishilata. Don Serafín camina despacio, con los mismos zapatos de cuero negro y suela que él mismo arregla hace 50 años, desde que su taita le enseñó lo único que pudo aprender: lustrar los zapatos de la gente cuya suerte depende de qué tan limpio esté su calzado y qué tan perfecta es la línea de su peinado.

Cruzo volando a mi pileta favorita, esa que es frente al IESS, aún no es ni las 8 de la mañana, y ya hay un montón de gente haciendo fila, quién sabe para qué tramites, pero lo que adoro de este rincón soleado, es que converso con mis panas los jubilados, no hay jueves que no estén acá, incluso, cuando uno de ellos muere, se encuentran aquí antes de ir al velorio. Su tema preferido es la política, y en las mañanas el mío también. No hay mejor forma de empezar el día, que puteando a esa bola de inútiles que nos gobiernan.

Mientras cruzo caminando a través del césped, me encuentro con las únicas que duermen dentro del parque: las ratas, el pacto que hicimos es que nosotros ponemos las caras, porque definitivamente, las plumas son más tolerables que unas largas colas sin pelo, y ellas se quedan con todo el pan y el maíz que cae en el césped que nos lanzan durante el día, y nosotros solo comemos lo que cae en el piso de cemento. A pesar de lo que muchos podrían pensar, tenemos una gran relación con las ratas, ellas estuvieron aquí muchísimo antes que nosotros, además, saben todos los secretos de los burócratas de alto cargo que tienen sus oficinas alrededor del parque, o es que jamás se han preguntado ¿por qué seguimos aquí, a pesar de que ambas especies somos consideradas plagas?

¡Mierda! Natalia ya debe estar con Montalvo, alzo vuelo creyéndome halcón y la veo, posada sobre la pluma de Juanito, cada mañana me trae una cerveza de diferente marca, Natalia siempre me dice que debería educar más el guargüero, que no puedo creer que el universo solo gira alrededor de la Club Verde. Natalia tiene las plumas amarillas y los ojos azules, todos sabemos que vuela desde el barrio que mira a las flores, aunque nunca nos ha dicho su apellido, seguro sonará a uno de los tradicionales terratenientes de la ciudad. Natalia huele a croissant de pistacho y café en las mañanas, que se mezcla con el humo de ese Lucky Strike mentolado.

Natalia me abraza al llegar, sus plumas se meten en mis ojos, “toma, edúcate” me dice, mientras me entrega una cerveza en lata marca Guiness; Esta es especial, por tus veinte y tantos, incluso suena, si la agitas cuando te la acabes, me dice Natalia. ¡Vamos por un helado! le digo, de mora y coco como te gusta, yo me tomo la cerveza mientras me recuesto sobre tus piernas mirando la ciudad desde la cruz del campanario.

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